Supongo que muchos de nosotros empezamos así, AHORA HACE DOCE AñOS (Publicat a Pedalier nº7)

Supongo que muchos de nosotros empezamos así, AHORA HACE DOCE AñOS (Publicat a Pedalier nº7)

Autor: Jordi Escrihuela
Ahora hace, exactamente, doce años, mayo del 93. Se puede decir que soy de aquellos cicloturistas que nacimos a partir de ver los hachazos de Perico en la montaña, en el Tour y por la tele, y maduramos con el ciclón Indurain, en unos tiempos en que salir en bicicleta, era visto aún como una cosa extraña.
Salía con mi hierro, con todos los accesorios posibles: portaequipajes, luces,… y cuenta-kilómetros, eso sí, que yo quería saber cuánto recorría para después alucinar con mis primeros 10 Km, luego 20, 30,… ¡hasta llegar a los 40! Madre mía, cuarenta Km en bicicleta, increíble.
Iba sin casco, sin guantes, pero con culotte y maillot, por supuesto, aunque con las piernas peludas (¿depilarme? ¡Ni loco!), con mis calapiés, mis bambas (sí, con bambas…) y siempre sólo.
A ver, que levante la mano el que no ha salido nunca así…
Ya desde un principio me tiraba la montaña, dónde encontraba la verdadera sensación de este deporte: primero escalar Montjuïc, luego Tibidabo, no sin antes haberme bajado, más de una vez, de la bicicleta agotado.
Cuando estos retos los superé, el siguiente fue uno que me tenía verdaderamente obsesionado: subir a Montserrat. Iluso de mí, salí una tarde de primavera sobre las cuatro, desde mi casa, entonces en Esplugues junto a Barcelona, y llegué, vaya si llegué, subí hasta el Monasterio, arrastrándome pero lo logré.
El problema fue la vuelta, se me hizo de noche. Aún recuerdo subir la última rampa a Esplugues completamente de noche, y mi mujer al borde de un ataque de nervios.
Bueno, como en 2001 Odisea del espacio, había llegado un poco más lejos.
Un buen día, (sí, como en los cuentos), vi un cartel que anunciaba una marcha cicloturista que organizaba el club ciclista del barrio donde yo trabajo, en Gràcia.
Lo primero que me llamó la atención fue el pedazo trofeo que obsequiaban a todo aquél que acabara la marcha: una figura de un ciclista en un pedestal, muy maja.
Después observé la fecha y el recorrido: 9 de mayo a las 7 de la mañana y ¡120 Km con muchas subidas!, y además establecían un tiempo mínimo de ¡20 Km./h!. Yo pensaba que sería incapaz, que no podía ser, muchos kilómetros, mucha exigencia ¡y una velocidad de vértigo!, pero tenía que probar.
Unos días antes salía a entrenar con vistas a participar y me animé, pues ya empezaba a recorrer distancias entre 75 y 80 Km dignamente.
Recuerdo entonces, que lo primero que hice fue sacarle todo el peso posible a mi pobre flaca: si quería que fuera un poco competitiva tenía que quitarle tanto lastre, así que fuera portaequipajes, luces, etc.
¿Y yo? Tenía que mejorar mi imagen, porque me había fijado en otros ilustres cicloturistas por la carretera y me admiré de sus impecables equipaciones, sus piernas depiladas, brillantes y con los músculos bien definidos. Me fijé que no llevaban calapiés, tenían las botas como enganchadas a los pedales y todos llevaban casco.
Finalmente me compré uno (todo el mundo me decía: ¡qué feo estás con ese gorro!) y me pude hacer con unos ¡pedales automáticos! ¡Qué sensación más extraña! Parecía que de un momento a otro la caída iba a ser inminente, y yo no podría desengancharme de la bicicleta.
No sin pocos esfuerzos, pude acostumbrarme más rápido de lo que pensaba a mis nuevos pedales.
Ya sólo quedaba un último asunto para completar el ritual: depilarme. Con ayuda de mi santa, pude acabar el trabajo sin sufrir graves contratiempos: algún corte por aquí, algún tajo por allá, ya se sabe.
Y qué sensación más extraña, la primera vez que te pones un pantalón o duermes bajo las sábanas.
Por fin llegó el día de la marcha. Lo primero que me viene a la memoria es la sensación reconfortante, y fresca, de sentir mis piernas al aire libre, por primera vez sin pelos. Era entre ligereza y comodidad, me sentía flotar y me daba más sensación de fortaleza.
Una vez en la línea de salida y formalizar la inscripción, sólo observaba, miraba, descubriendo detalles entre los ciclistas, la organización (unos chicos que iban vestidos como los jugadores del Barça).
Vi ambulancias, policía, coches de asistencia, parecía que estaba en el Tour, y en el ambiente, un cierto olor a carrera, producido, seguramente, por los ungüentos y linimentos de las piernas de aquellos galácticos.
Arrancamos, y sólo se oyen los click-clack de las zapatillas colocándose en sus puestos. Me voy colocando modestamente en el seno de un pelotón de más de 300 ciclistas, y poco a poco, me voy animando al ver que puedo seguir bastante bien el ritmo.
Ingenuo de mí, ignoraba que nos llevaban neutralizados hasta la salida de la ciudad de Barcelona, por la
Avenida Diagonal, que presentaba un aspecto inmejorable: la gente animando como si se tratara del paso de la caravana del Tour. El cabello se me iba erizando de la emoción.
Una vez fuera de la gran ciudad, el ritmo se avivó y me desengañé, y en las subidas me iba quedando junto con otros compañeros, pero estaba contento porque detrás de mí aún había mucha gente, y no era precisamente de los últimos.
Así fuimos hasta llegar al primer avituallamiento: parada obligada, firma de control, y a desayunar: donuts, coca-colas,… no estaba mal, y todo el pelotón parado, reagrupado, igual, igual, que se hace ahora, vamos…
Seguimos, y otra vez la carretera puso a todo el mundo en su sitio, y con bastante esfuerzo llegué con un grupo muy majo a la plaza mayor de Vilafranca del Penedès, donde se almorzaba y se daba la vuelta.
Allí empecé a charlar con otros cicloturistas, de las sensaciones, de los entrenos, de la alimentación, de temas que yo nunca había dado importancia y que a partir de ahora tendría muy en cuenta, y tanto…
Hablaba con aquellos chicos del Gràcia, con aquellos maillots tan raros, sacados de un libro de historia del ciclismo, y me parecieron estupendos. Luego me despedí de ellos, de los que luego serían mis compañeros y amigos.
De regreso, no sé por qué, me encontré mucho mejor, supongo que por el almuerzo, porque íbamos más juntos que a la ida porque el terreno era más propicio, porque charlaba más con los participantes, el caso es que se me pasaron los kilómetros volando, y enseguida llegamos a la entrada a Barcelona, donde nos esperaba la Guàrdia Urbana para cruzar la ciudad.
Muy contento por haber finalizado mi primera marcha, ¡dentro del horario establecido!, por haber conocido a mucha gente, por el trofeo y recuerdos que nos dieron, marché a casa muy satisfecho y con sólo un pensamiento en la cabeza.
Al día siguiente, lunes, un muchacho de Esplugues estaba entrando en la sede del Club Ciclista Gràcia, y salía con una sonrisa de oreja a oreja con su carné de socio, su licencia cicloturista y con aquel maillot tan raro.
Se le abría ante sí un nuevo horizonte: excursiones y marchas épicas, grandes compañeros y amigos, un nuevo y diferente estilo de vida. Cien mil kilómetros más tarde, recuerdo aquél día aún con emoción y muy orgulloso de pertenecer a este nuestro pequeño y gran mundo cicloturista.

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