LA RUTA DE DON QUIJOTE

LA RUTA DE DON QUIJOTE

Autor: Francisco Casado

Ruta de Don Quijote en bicicleta de montaña

Hay viajes de los que uno querría no volver…y al instante se echa de menos todo lo que se deja atrás.

He de reconocer que a pesar de mi conocida pasión por la carretera, es en el ciclismo de alforjas donde encuentro la comunión perfecta con la bicicleta. Fue en el año 2000 cuando probé por primera vez esta modalidad de viajar, quedando definitivamente enganchado a ella. Desde entonces, con verdadera adicción, rebusco y diseño cualquier ruta que cuente con una serie de factores que la hagan adaptable a esta modalidad de ciclismo.

La ruta del Quijote cumplía sin duda los requisitos necesarios. Cientos de kilómetros de caminos señalizados, bellos paisajes, pueblos con historia, Naturaleza en estado puro en definitiva. Con motivo del IV centenario de la publicación de la obra de Cervantes, la Junta de Castilla la Mancha pone en marcha la mayor ruta ecoturista de Europa. Si bien en algún tramo puede parecer una obra algo faraónica, y que en la mayoría de los casos transcurre por lugares que nada tienen que ver con la obra literaria, hay que elogiar con un notable el trabajo de adecuación y señalización de toda la ruta. La misma está formada casi en su totalidad por caminos agrícolas, trazados ferroviarios hoy transformados en vías verdes, y antiguas cañadas, hoy recuperadas.
Es aquí donde el ciclista, el viajero, que no el turista, encuentra su hábitat perfecto. El ciclista no es un mero observador del paisaje, si no que pasa a formar parte del mismo. Viajando en bicicleta uno se empapa de cada árbol, de cada pueblo, de la luz, del aire, de los olores, vemos como nuestros sentidos se despiertan hasta niveles desconocidos.

Todas esas sensaciones las encontramos por tierras manchegas. La ruta del Quijote es además una ruta adaptable a cualquier nivel de ciclista. El buen estado de los caminos, la posibilidad de adaptar las etapas a nuestro nivel físico, así como la ausencia de dificultades montañosas de calado, hacen que esta sea una ruta ideal para aquellos que desean iniciarse en el cicloturismo de alforjas, e incluso para enseñar a los más pequeños y familiares, una manera de viajar tan respetuosa con el entorno, que todavía hoy es poco conocida por la mayoría.

La injustamente desconocida ciudad de Albacete fue nuestro punto de partida. De allí nos dirigimos al sur de la provincia alcanzando la monumental Alcaraz, localidad situada en plena sierra de la que toma el nombre. Fueron unos kilómetros inolvidables. Toda la travesía transcurre por una vía verde perfectamente adaptada, que transcurre sobre un antiguo trazado ferroviario que unía el levante con Andalucía. Más de 100 Km de vía verde, que cuando esté finalizada en su totalidad alcanzará otro de esos paraísos para cualquier cicloturista ; la sierra de Cazorla. Uno ya cuenta los días que restan para que dicho proyecto sea una realidad. Será entonces con creces la mayor vía verde de este país. Quizás en el 2008.

Tras Alcaraz, rumbo al norte cruzando la comarca de Campo de Montiel, ejemplo de bosque mediterráneo, que nada tiene que ver con la estampa típica manchega. Todo un paraíso para conejos, liebres y perdices que cruzaban tozudamente los caminos por los que transitábamos.

Es a partir de aquí donde empieza el paisaje propiamente quijotesco. Ruidera y sus conocidas lagunas, El Toboso, Campo de Criptana, localidad coronada por los famosos molinos, hoy perfectamente restaurados y visitables . Es aquí donde el viajero se sumerge plenamente en el paisaje descrito por el genial Miguel de Cervantes. Mares de trigos, olivos y viñedos, nos acompañan durante muchos kilómetros. Tras una primavera lluviosa la Mancha era este año una borrachera de colores y aromas.
Este paisaje no se verá alterado hasta alcanzar el Parque Nacional de la Tablas de Daimiel, hoy gravemente malherido y sediento. La avaricia humana no tiene límites.

La dehesa nos introduce en los Montes de Toledo, otro momento estelar de la ruta por su belleza. Suaves lomas cubiertas de encinas y robles, paraíso para los amantes de actividades cinegéticas hoy demasiado domesticadas, y que poco o nada tienen ya que ver con la caza tradicional, la de nuestros abuelos, la de aquellos que jugaban a mantener un equilibrio casi perfecto entre el animal salvaje y el hombre.

Atravesados los Montes de Toledo, ya sólo quedaba enfilar nuestra travesía hacia la monumental ciudad de Toledo, declarada merecidamente por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Fue como no, el colofón fabuloso a nuestra ruta.

En total algo más de seiscientos kilómetros, repartidos en siete jornadas. Mi alma viajera había quedado saciada una vez más.

Para finalizar, he querido incluir el siguiente texto, obra de Juan María Hoyas, autor de diversos libros sobre cicloturismo, y que refleja a la perfección las sensaciones que uno percibe cuando atraviesa las poblaciones que va encontrando en su camino.

¿Qué es un pueblo?

Para el que va en coche un lugar molesto donde tiene que reducir la velocidad, un punto que queda atrás y del que no sabe ni el nombre. Para el ciclista, un pueblo tiene olor y sabor, se degusta como se paladea una fruta . Y puede descubrir los secretos de la parte vieja, casi siempre vedada a los incondicionales del volante.
Yendo en bici, uno es sensible al talante del pueblo, si es acogedor o no, si son afables o huraños con los forasteros. Así uno descubre pueblos donde parece que el último circo pasó hace 100 años, pueblos donde la tensión se corta con un cuchillo, pueblos respetuosos con el recién llegado y pueblos que te abren los brazos de par en par. En los pueblos me gusta hablar con los viejos.
Cuando llegas a un sitio, la gente te mira ¿Quién eres? ¿ Por qué viajas así? Muchas veces no sabes que sitio ocupar, pero llega la una, las dos, las tres y el sol empieza a apretar. La gente se recoge, las calles quedan desiertas.
Durante la siesta el pueblo te pertenece.

Francisco Casado.

 

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