El viejo maillot

El viejo maillot

Allí estaba, escondido, en el fondo del cajón. Guardado y bien plegado, como debe ser. Doblado por las mangas hacia atrás y la parte de abajo hacia arriba, dejando el maillot en perfecto estado de revisión, con su cremallera subida y mostrando el escudo en el pecho. Tocaba cambio de armario.

Como cada año, cuando el otoño avanza y se aproximan los primeros fríos, sobre todo esas matinales en las que tienes que salir bien abrigado, toca sacar la ropa de invierno y guardar la de verano, con algo de tristeza y melancolía. Con nuestra equipación de ciclismo pasa lo mismo, hay que guardar los maillots y culottes de verano, bien doblados, en la parte del armario destinada a la ropa de fuera de temporada, bien protegida. Yo la suelo envolver toda con toallas, no por nada, pero queda más recogida.

Es el momento de hacer el cambio y sacar maillots de manga larga de entretiempo, por si sale algún día todavía cálido, culottes largos, chaquetas y camisetas térmicas, gorros, guantes, botines y orejeras de invierno. Las únicas prendas que quedan siempre en el cajón son las de siempre: manguitos, perneras y chubasquero, que tanto nos pueden servir para un suave invierno como para un frío día de verano en Pirineos.

Cada cambio de temporada lo vuelvo a ver, sólo para recogerlo y guardarlo de nuevo, porque ya hace muchos años que no me lo pongo. Mi viejo maillot, el que ha sido mi segunda piel, encima de la bici, durante 20 años. Aquí lo tengo entre mis manos y lo desdoblo con cuidado. No puedo evitar el mirarlo una y otra vez. Mi viejo maillot, el del C.C. Gràcia. Está claro que me niego a tirarlo, por supuesto, es una reliquia para mí y ya son muchas temporadas en las que sólo se mueve de un cajón a otro. Lo tengo jubilado, está ya muy mayor. Tiene arrugas y está descolorido por el sol, ese que hemos padecido juntos en calurosos veranos de excursiones y marchas, y aún con las cicatrices marcadas en la espalda por un accidente que tuve hace once años, cuando un coche echando marchando atrás me atropelló y me volteó.

Pero no todo son malos recuerdos, claro. Hemos hecho tantos, tantísimos kilómetros juntos, que seguro que si el pobre maillot pudiera hablar daría para escribir un libro. Me siento un momento y estiro el maillot encima de la cama. ¡Qué recuerdos! La verdad es que ningún año como este me había quedado tan nostálgico observándolo. Supongo que será la edad, la mía y la de él, por supuesto. Y es que siempre íbamos juntos a todas partes.

Cuando salía en bici, durante aquellos años, era el único que me ponía, siempre el mismo, no se me ocurría llevar otro, ni siquiera cuando no salía con mi grupo y lo hacía solo. Me debía a mi club y me sentía bien llevándolo. Lo lucía con orgullo y me sentía identificado con él. Así fue durante mucho tiempo, hasta que, lógicamente, llegaron modernos diseños de maillots a mi club. A mí me costó cambiar, pero finalmente me hice con uno nuevo, pero siempre que podía me ponía mi viejo maillot. No lo podía abandonar. Recuerdo una anécdota con un compañero de club, cuando ya todo el mundo llevaba la nueva equipación. Se me acercó y me dijo:

-¿Qué haces llevando ese maillot tan viejo y estropeado? ¿Aún no tienes el nuevo?

-Sí -le contesté- pero con este maillot he sufrido y he disfrutado tanto a la vez que me resisto a dejarlo.

-¿Y por qué no lo enmarcas y lo cuelgas?-me contestó.

Ahora no recuerdo bien si me lo dijo en serio o en broma, pero la verdad es que no sería el primer maillot que se retira y se enmarca después de muchas batallas. Pero ese no iba a ser el caso. Aquel jersey de franjas rojas y azules, que no son los colores del F.C. Barcelona sino los del Club Ciclista de Gràcia -como les contestábamos a muchos que nos decían «¡mira, mira, son del Barça!»-, sólo me lo dejé de poner por «fuerza mayor» ya que, por algunos problemas de salud, hace unos años engordé bastante y, por mucho que quisiera estirarlo, ya no me entraba.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¡Qué le iba a hacer! Al final no tuve más remedio que guardarlo y «amoldarme» a otros tipos de maillots, o mejor dicho de «tallas»… Medio escondido en el fondo de un cajón quedaba una prenda que había sudado durante miles y miles de kilómetros, manchado con mi propia sangre e incluso salpicado con lágrimas, de emoción o de dolor. Con él hice mi primera escalada a un «fuera de categoría» como Rasos de Peguera, ascensiones épicas y míticas a Lagos de Covadonga, Angliru, Tourmalet o Alpe d’Huez, muchas excursiones todos los sábados con mi club, muchas marchas todos los domingos recorriendo toda Catalunya, subiendo los grandes colosos catalanes (Turó de l’Home, Mont Caro, Pal…), entre otras muchas historias.

Ahora lo vuelvo a tener delante de mí. Amo este maillot. Me quito el suéter que llevo y con sumo cuidado me lo vuelvo a poner. Me queda bien de nuevo. Se nota que, aunque no como cuando tenía veinte años menos, poco a poco recupero mi peso ideal y eso lo veo en el espejo cuando me miro y me parezco a aquel novato que un buen día de un primer sábado de marzo de hace ya veinte años se presentó en la Plaça de la Vila de Gràcia con su bici y su nuevo maillot, para dar sus primeras pedaladas con un club que le llenó de satisfacciones, con una primera excursión de140 km a la que después seguirían más de 100 mil km de salidas por el territorio nacional e internacional.

Veinte años después no lo voy a esconder de nuevo en el fondo de un cajón, creo que la próxima primavera me lo volveré a poner y a disfrutar de él, será mi acompañante perfecto para participar en una marcha retro. Y es que la edad no perdona ni a los maillots, mi viejo maillot.

¡Al abordaje!

EL VIEJO MAILLOT

Por Jordi Escrihuela

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