EL SACRIFICIO

EL SACRIFICIO

Autor: Jordi Escrihuela

Primero fué «el iniciado», después «el ritual» y ahora, completando la trilogía, «el sacrificio», que para eso nuestro deporte preferido está considerado como el más duro y sus practicantes somos «esforzados de la ruta», ¿no os parece?

Dejamos a nuestro protagonista, si lo recordáis, de vuelta a la cama, recuperando el sueño perdido, después de haber estado sentado en el portal de su casa, y en vano, a que parase de llover.
Sé que a muchos de vosotros este final os entristeció un poco o incluso pudisteis pensar que muchos también de vosotros habríais salido igualmente, pero bueno, la trama es la trama.

Hoy vamos a darle la oportunidad a nuestro personaje de resarcirse de aquella ocasión y le vamos a brindar una jornada memorable y épica, de ilusión y sacrificio y de esfuerzo gratificante.

Sales de tu casa en bicicleta. El día es radiante y el sol empieza ya a picar algo: se espera una jornada calurosa, no en vano estamos en junio, mes cicloturista por excelencia, mes de grandes marchas marcadas en rojo en el calendario. Es el mes en el cual estás en tu pico de forma, en la cresta de la ola.

Los 20 grados, a las 7 de la mañana, que marca el termómetro de una farmacia ya te indica bien a las claras que hoy el día va a ser duro, así que tendrás que estar atento a la hidratación: beber, beber…

Llegas al punto habitual de salida y buscas tu subgrupo dentro del grupo, que normalmente es el que está más fuerte, el que tira más, el que va más lejos y más deprisa, el que sube los puertos más duros de tu zona: eres un integrante del «A».

En seguida te pones a rueda de tus compañeros: unos fieras vamos…
Aún y así, no podrás evitar la «cháchara» con ellos o con otros integrantes del grupo B, y es que es un placer poder hablar con los amigos de vuestros entrenos, vuestros sueños, del día que os espera, pero sabes que no te puedes entretener mucho, porque cualquier descuido te hará perder el tren del A y tendrás que remontar y tirar y tirar, tú solo, callejeando, hasta pillarlos, antes de que salgan de la ciudad, porque si no… adiós, ya no los volverás a ver.

Y empezar con un sofocón y tirando de plato pues que no te apetece mucho, la verdad.

Así que hoy vas por faena y te sitúas bien en el pequeño pelotón de élite de tu club: «para eso llevo cuatro mil km de entreno desde enero, para poder disfrutar (?) de ésto», piensas, y te vas para adelante, que te vean, que hoy estás dispuesto a dar guerra y te atreves incluso, una vez que habéis pasado ya a carretera abierta, a colocarte en cabeza y darles un fuerte relevo.

Hoy te encuentras como nunca y te permites el lujo de llevar al «A» a rueda durante un par de kilómetros a más de 45 por hora. Después de semejante exhibición que muchos te dirán que se tratan de «fuegos artificiales», pones intermitente y te vas a cola de pelotón y piensas «a lo peor, los he cabreado…».

Ves como el ritmo que habías impuesto no es nada comparado con el que ahora mismo están poniendo los figuras: estáis rodando y rozando casi los 50 km por hora. Aguantas porque a rebufo del grupo «te llevan» y aún vas bien, pero las pulsaciones se empiezan a desbocar: 170-172-175-177-180 (!)

Buf!… aguantas, aguantas,… sabes que si aguantas este primer tirón selectivo luego será más «fácil»: es la selección natural, sólo quedarán los más fuertes.
Muchos se habrán quedado en el intento de seguir a la élite, y el grupo va a seguir perdiendo unidades, como un collar de perlas roto, hasta pié de puerto.

Sigues con el gancho, has estado a punto de descolgarte varias veces: «ni sueñen en que les vaya a dar un relevo» -te dices a ti mismo y sigues aguantando, aguantando…

Después de prácticamente dos horas de sacar la lengua, de tener a punto de salir el corazón de tú pecho, con una media de más de 30 km/h, estratosférica para ti, llegáis al pueblo donde se inicia la gran dificultad de la jornada, el puerto más duro de tu comunidad, un fuera categoría desconocido para la alta competición, pero muy apreciado y querido por los cicloturistas: 25 km, 1500 metros de desnivel, 8 por ciento de media con puntas del 14. Una bestia muy bella.

A todo esto, el calor aprieta con fuerza: 30 grados y paráis a rellenar bidones en la fuente del pueblo, que falta va a hacer.
Los primeros km suaves, los hacéis a buen ritmo, aunque sabes que en cuanto aprieten un poco te quedarás. La verdad es que ya te das por satisfecho el haber llegado hasta aquí con ellos, porque los de delante ya los conoces, grandes escaladores, de finas piernas y caras afiladas marcadas por el sol.

La vegetación de este precioso parque te hace más llevadero este inicio de puerto. Ves que la gente se van mirando entre sí, calibrando sus posibilidades, examinando al «rival» y piensas «joder, menos mal que todos somos amigos…». Y es que la «victoria» en este impresionante col sabes que da mucho prestigio, mucha reputación, entre los miembros de tu peña y en general entre todos los cicloturistas de tu país. Pero tú ni lo sueñas, estás contento con haber llegado entre los «primeros»…

Y así ves que en cabeza ya se empiezan a pegar «palos» y el ritmo de subida ya es asfixiante para ti: te descuelgas, subes unos cuantos piñones y a «disfrutar» lo que puedas. Los de delante se empiezan a alejar cada vez más y más y piensas que qué comerán estos tíos para estar tan fuertes.
La verdad es que tú ya no das más de sí, el entreno que llevas es el que es y por mucho que hagas, ni vas a rendir más, ni vas a tirar más, las horas son las que son y no puedes robar más tiempo ni a tu familia, ni a tu trabajo: no puedes «sacrificarte» más.

En este momento te encuentras solo, en tierra de nadie, ni te van a coger los de detrás ni tú vas a coger a nadie. Lo ideal sería pararte y esperar un tren más asequible, pero ese puntito de orgullo que todos tenemos te hace tirar para adelante solos, la montaña y tú, durante los próximos 20 km, bajo un sol de justicia y empezando a estar tocado por la dureza de la salida.

Y así vas haciendo, pedaleando, sufriendo pero disfrutando a la vez, sorteando rampas imposibles y levantando la vista de vez en cuando para disfrutar del paisaje, del entorno, de la alta montaña, que es realmente lo que a ti te gusta.

Después de 2 horas de penosa escalada llegas arriba, después de haber pasado el último tramo, realmente duro, donde tú ciclocomputador nunca ha sobrepasado los dos dígitos. Los últimos 200 metros llanos y casi con tendencia a bajar, metes plato (¡qué chulo!) y ya ves a tus colegas, esperando.

Alguno te soltará: «veinte minutos, te hemos metido veinte minutos…» Y piensas que qué bestias…

Después de esperar un rato a que vengan las «unidades perdidas» del A, bajáis al pueblo a almorzar con el grupo B, que ya deben ir por los cafés.

A la salida del almuerzo alguno del A tiene la «brillante» idea de proponer una vuelta alternativa, por supuesto más dura y más larga (la ruta, claro…) aunque mucho más bella. Alguno te pregunta qué vas a hacer y claro, no te vas a negar y te vas a dejar en evidencia, así que te lías la manta a la cabeza y te vas con ellos con la sensación aquella que deben tener las terneras cuando las envían al matadero.

En principio, de bajada y llaneando bien, aunque sigues sin dar un relevo y te encuentras algo mejor, sin duda gracias al cafetito que te has tomado, y seguéis tirando, tirando…
De repente, alguien gira a la derecha y te encuentras con un paredón en mitad de la carretera: ¿qué es eso? -te preguntas. Nunca habías venido por aquí, coto privado del A, y te pilla por sorpresa esta «nueva pista rural asfaltada», que hace que tengas que poner todo lo que hay para vencerla, bajo un calor ya infernal.
Los de delante hace rato ya que se han ido y te vuelves a quedar solo, muy solo, y piensas que qué habrás hecho para merecer ésto.

Lo estás pasando realmente mal y suerte que tus «compañeros» te están esperando arriba y podrás volver con ellos. Bueno, eso crees tú.
Cuando llegas hay alguna mirada de complicidad y otras de compasión, hasta que la carretera nos vuelva a poner a cada uno en su sitio.

Iniciamos el camino ya definitivo de vuelta a casa y esta gente en vez de bajar el pistón aún aceleran más y más… hasta que pasados unos km no puedes más, tienes incluso algún amago de calambre, y levantas el pié y te descuelgas y el tren se aleja rápido, muy rápido, y no se han dado cuenta que te has quedado: «es igual» -piensas- «voy a descansar», aunque sabes que los 40 km que quedan de vuelta se te van a hacer una eternidad, y así es, después de dos horas a ritmo cansino, de haber secado todas las fuentes que te has encontrado por el camino, llegas a tu casa pasadas las 4 de la tarde, destrozado, con principio de pájara y te vas directo a la cama, hasta que recuperas un poco, te duchas y comes algo, y todos tus proyectos de salir esa tarde tendrán que esperar porque tienes un gran cansancio acumulado, no te sientes las piernas y decides pasártela en la horizontal, en un estado lamentable, bajo la atenta mirada de tu sacrificada y cabreada familia.

Hasta la próxima…

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