EL RITUAL

EL RITUAL

Autor: Jordi Escrihuela

Es viernes por la tarde. Estás a punto de salir de tu trabajo con la ilusión de tener dos días de fiesta por delante, todo un fin de semana para disfrutar de la familia, los amigos… y de tu bicicleta.
Sí, porque sabes que el sábado por la mañana es tuyo y de tu compañera… de dos ruedas.
Has acabado de confirmar con tus colegas de la peña la excursión de mañana: si la hora de salida que marca el boletín es correcta, concretar el lugar donde se almuerza, el kilometraje que saldrá y a qué hora volvemos a casa.
También te preocupas por el estado de forma de tus amigos, rivales de mañana: ¿habéis entrenado mucho esta semana? ¡claro, como siempre salís los martes y los jueves…!
Y es que cada viernes por la tarde siempre hay el mismo movimiento de llamadas, ya sea al fijo o al móvil, y sabes que cuando hablas por teléfono con tus colegas, la conversación se puede prolongar durante horas, porque no veas como cascan estos amigos ciclistas tuyos: se ponen a explicarte anécdotas, desarrollos, puertos, cómo te tienes que alimentar… saben de todo, hasta que amablemente les tienes que cortar: venga te dejo, que empieza a ser tarde.
Una vez llegas a casa, lo primero que haces es volver a repasar el perfil de la salida de mañana y piensas: um, al almuerzo se llega en un final en alto. Y ves que al inicio del puerto hay una rampa dura mantenida al 10 %: aquí atacaré, te dices a ti mismo, y es que hay que reconocer que nos encantan los piques con los amigos, simular el juego de carrera, sobre todo cuando la carretera mira hacia el cielo, y es que a la mayoría de nosotros se nos cae la baba en cuanto vemos una cuestecilla, ni que sea la de salida del parking.
Después miras tu bicicleta, reluciente, una máquina preciosa y aunque limpia, decides darle un nuevo repaso: no te gustan esas pequeñas salpicaduras de barro de tu última salida y pasas un paño con esmero por todo el cuadro, las llantas y los piñones. Sí, sobre todo éstos últimos te gusta llevarlos brillantes, limpios, igual que los de los profesionales cuando, por ejemplo, los enfocan por detrás, y de cerca, en la rampa de salida de una contrarreloj individual, resplandecientes.
Seguidamente, aunque las inflaste tan sólo hace cinco días, vuelves a meter presión a las ruedas a tu gusto: 8 kg, ni más ni menos, que es la que te hace sentir cómodo.
Ultimas los detalles de tu equipación de mañana: limpias tus botas, tus gafas, preparas tu casco, tu ropa, sacando con cuidado tu maillot y culotte doblados con mimo del interior del cajón, y tus calcetines favoritos, y lo dejas todo encima de la silla de la habitación, porque por la mañana temprano no es hora de andar abriendo y cerrando cajones despertando a toda la familia ¿no crees?
Ya lo tienes todo preparado, bueno casi… ¿y tú? Te miras las piernas, tus musculosas piernas, de las cuales te sientes tan orgulloso y piensas hoy toca afeitarlas, pues son lo más parecido a un par de cactus del desierto mexicano.
Te metes en la ducha y con tu espuma de afeitar empiezas la ceremonia del rasurado. Primero una pierna, luego la otra, suavemente, que la cuchilla es un peligro y aún así no podrás evitar algún corte que otro, haciendo que corra un poco de sangre por la bañera, como si de una película de terror se tratara.
No tardarás en pedirle ayuda a tu mujer, pues la parte de atrás es difícil y delicada, y sabes que ella te lo hará en un santiamén. Por algo las llaman santa.
Después de agradecérselo, acabas con una buena ducha. Te secas y masajeas tus piernas, como avisándolas para lo que se les avecina.
Finalmente te afeitas también la cara, y es que también te gusta estar guapo a la hora de hacer deporte y porque piensas que no hay nada más feo que un ciclista barbudo, pero ésta es tu opinión ¿eh?
Con todo, ya son las diez de la noche y te dispones a cenar ese buen plato de macarrones que tu mujer te ha preparado para que mañana estés fuerte y rellenes tus depósitos de hidratos de carbono. Y de postre… ¿qué tal un arroz con leche?
Antes de irte a la cama, acompañas un rato a la familia viendo la tele, pero no te quieres enganchar en ver ninguna película porque se haría tarde y mañana tienes que madrugar, así que decides irte a la cama a leer los reportajes de la Quebrantahuesos o de la Etapa del Tour, o cualquier otro artículo, del último ejemplar de tu revista preferida de cicloturismo: Pedalier.
Y así, disfrutando con la lectura, empiezas a pensar que ya es hora de apagar la luz y descansar. Te cuesta un poco coger el sueño: normal, pensando en la kilometrada que te vas a meter mañana entre pecho y espalda… y te quedas profundamente dormido.

Titutatí, titutatí,… suena el despertador y le pegas un rápido manotazo para que no se despierte tu mujer. Son las 6 de la mañana y piensas ¡vaya sueño, toda la semana madrugando y el sábado aún me levanto más temprano!. Pero hoy es diferente: sabes que hoy vas a disfrutar.
Y te levantas animado, besas a tu mujer, coges la ropa y cierras la puerta del cuarto con cuidado. Te aseas y te vas a desayunar. Te preparas el café, indispensable, y esos croisanes de chocolate tan buenos que han comprado y piensas que total, hoy va a haber mucho desgaste.
Levantas la persiana de la cocina y ves el cielo muy tapado: ya despejará, aún es pronto, piensas. Mientras desayunas, te pones al día con las noticias de las 6, con la tele en voz baja, que nadie se despierte.
Después de desayunar, vuelves al aseo y es que tú funcionas como un reloj, y sabes que es tomar el café de la mañana… y en fin, ya sabes. Además así sales más ligero, sin peso extra.
Vuelves a mirar por la ventana y te entra desasosiego: está lloviendo. Pero piensas que son cuatro gotas y que ya parará. Además, no te vas a fastidiar la salida, ni asustar, por algo de lluvia ¿no?
Mientras esperas que pare de llover, te vas vistiendo: tu culotte, tu pulsómetro (¡joder, que frío está!), tu camiseta térmica, tu maillot, con ese olor a limpio inconfundible, tus calcetines…
Te das un buen masaje en las piernas con crema calentadora, de abajo a arriba, en dirección al corazón. Echas en tus bolsillos de atrás manguitos, perneras, chubasquero y la cartera, el móvil, las llaves de casa y piensas con tanto peso ya veremos cómo subo. También echas algunas barritas energéticas, por si las moscas. Llenas bidones: uno con agua y otro con tu bebida isotónica favorita y te vas a por tu bici.
Te colocas las botas, tus gafas, el casco, los guantes (¡por fin! ¡la última prenda colocada!) y bajas a la calle, abres la puerta y ahora sí que se te cae el mundo a los pies: está lloviendo a cántaros, mejor dicho a mares. Te sientas en el rellano, esperando en vano el milagro de que cese de llover, y así te tiras tus buenos 20 minutos, con cara de circunstancias, pensando que seguramente tampoco saldrá nadie de tu peña con este tiempo, y finalmente desistes y te vuelves para arriba. Te desnudas con tristeza y te metes en la cama y piensas: bueno, al menos dormiré. A ver si el domingo puedo salir aunque sólo sea un ratito, porque estamos invitados a casa de mis suegros y no podemos llegar tarde.
Y seguidamente, horror, te entra el pánico: ¿y los croisanes de chocolate?. Pues querido amigo, están de fiesta mayor junto a los macarrones en tus michelines.
Moraleja: hay que seguir más las previsiones meteorológicas.
Nota: cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia.

 

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