EL DÍA QUE CONOCÍ A SONSOLES (cuento)

EL DÍA QUE CONOCÍ A SONSOLES (cuento)

Autor: Enric Velo
Conocí a Sonsoles hace ya mucho tiempo. Fue un encuentro fugaz pero, sin embargo, su recuerdo permanece imborrable, permanente, como pocos en mi exigua memoria…
Aquella mañana, el frío y gris invierno había decidido tomarse un descanso. El día había amanecido radiante, espléndido, invitando a disfrutar de la naturaleza. Cuando los primeros rayos de sol invadieron el dormitorio, desperté a Diana. Con carantoñas y zalamerías, intenté convencerla para salir a dar un paseo con el tándem, pero todo fue en vano. Ella supo resistir la tentación y decidió quedarse en casa preparando el examen que tenía al día siguiente. Pero Diana fue comprensiva conmigo y no le importó que emprendiera en solitario el camino de Collserola.
Mientras ascendía por la carretera de la Arrabassada. contemplando los almendros recién llorecldos. me alegraba de no haberme quedado en casa, aunque me doliese no compartir con mi pareja tan magnífico espectáculo. Antes de llegar a la estación de servicio divisé en la lejanía a dos amigos del club. No sin esfuerzo, conseguí alcanzarlos.
– ¡Vaya calor! ¡Eh! – dijo como único saludo mi buen amigo Sergi, después de oír una fuerte respiración a sus espaldas y comprobar que el ciclista que le chupaba rueda no era un desconocido.
– ¡Uf! Ja zeegen… (Y que lo digas) – contesté yo falto de resuello y embotado como para hablar en castellano. No en vano, apenas hacía año y medio que había llegado a Barcelona procedente de los Países Bajos.
Una vez recuperado el aliento, me puse a su altura y la pregunta fue inevitable.
– ¿Vas solo?
– Sí. Diana está con los exámenes y ya sabéis lo responsable que es ella.
– Ella se lo pierde – dijo Fracesca mientras señalaba la incipiente florescencia de la naturaleza que nos rodeaba.
– ¿Habéis visto la bruma sobre Barcelona? – añadí con la intención de cambiar de tema.
– Es la típica situación anticiclónica con estancamiento atmosférico, debido a la inv… Pero la perorata de Sergi, quien a veces llegaba a ponerse algo pesado con sus explicaciones pseudocientíficas, fue interrumpida por el claxon de un automóvil. Mientras nos adelantaba, su conductor nos hacía señas. Parecía indicar que nos apartásemos a la derecha. No llegué a entender lo que le dijo Fracesca mientras agitaba uno de sus brazos, pero seguro que no era nada amistoso. Asustado, volví a la cola del grupo. Una vez en el mirador, aprovechando que la pendiente es más suave, volví a ponerme a su altura.- ¿Ya has arreglado la rueda? – me preguntó Sergi, quien había presenciado como el domingo anterior rompíamos un radio al meternos en un profundo bache.
– Sí – contesté – pero lo he hecho yo mismo, en casa. Es sólo cuestión de paciencia.
– Pues, o no eres buen mecánico, o no tienes suficiente paciencia- dijo con sorna Fracesca quien en ese momento iba detrás de mí – La rueda toca la zapata a cada vuelta y te va frenando.
– Nee toch! (¡No me digas!) Debe ser por eso que me ha costado tanto alcanzaros
– repuse.
– ¡Ja, ja! ¿No será que te pesa el culo? – dijo ella.
– ¿El culo? – repliqué con sorpresa y ambos se echaron a reír ante mi desconocimiento del argot de los ciclistas.
En animada charla, llegamos al cruce de caminos. Ellos bajarían por Sant Cugat para regresar luego por el Forat del Vent. Demasiado duro para mí en esas condiciones, así que allí nos despedimos. Seguí solo hacia el Tibidado para tomar luego la carretera de Vallvidrera. En la plaza del pueblo me detuve, saqué la llave de radios y con paciencia los fui retocando. Algo más de tensión aquí, algo menos allá.
Enfrascado como estaba en tan ardua tarea, no percibí que alguien me observaba. Mientras haría girar la rueda trasera y contemplaba con satisfacción que ya no rozaba la zapata del freno, una aflautada voz elijo:
– ¡Bravo! ¡Lo has conseguido!
Di un brinco y la llave de radios saltó de mi mano, yendo a parar a los pies de mi espectadora. Ella la recogió y tendió la mano hacia mí para devolvérmela. Era una mujer joven y esbelta, de mediana estatura. Su cabello, negro azabache, conformaba una lisa melena que le cubría los hombros. Su tez morena, algo requemada por el sol, resultaba algo chocante en aquella época del año.
– ¿Te he asustado?
– ¡No, que va! – dije – Bueno, sí – confesé
Ella echó hacia atrás su cabello, despejando su frente, y me regaló una píeara sonrisa.
– ¿Bajas a Barcelona?
– Sí. Voy para Gracia
– ¡Ah! ¡Perfecto! ¿Te importaría llevarme?
– Um. no. claro que no. ¿Sabes ir en tándem?
– Si. hombre, claro ¿es que tengo cara de tonta?
– No, no, perdona, no he querido molestarte.
– Y no lo has hecho. Sólo bromeaba. ¿Cómo te llamas?
-Erik
– No eres de aquí, ¿verdad?
– No, soy de Noordwijk, en los Países Bajos, al norte de La Haya ¿tu sabes?
– ¿Holandés? Ya me lo parecía. Por el acento ¿sabes? – Dijo con retintín dando a entender que mi gramática aún no era perfecta – Yo me llamo Sonsoles y tampoco soy de aquí pero me encanta esta ciudad, ideal para ir en bici ¿no telo parece?
– Si, claro, el clima es fantástico… Pero los conductores algo agresivos ¿no?
– Bueno, esto no es Holanda, pero tiene sus encantos. ¿Acaso puedes disfrutar de un paraje como este en tu país?
– No, claro’que no. Por eso me gusta tanto subir por Collserola y disfrutar de sus vistas…
– ¿Nos vamos? – Me interrumpió, dando a entender que no estaba dispuesta a pasar toda la mañana de charla por muy agradable que fuera el lugar o la compañía.
Rápidamente eché un vistazo a su indumentaria: camiseta de manga larga, mafias, zapatillas deportivas y bolso a modo de mochila colgado de su espalda. Parecía hacerse vestido para montar en bicicleta, aunque poco abrigada para la época del año.
– ¿Paso el examen? – dijo ella mientras abría los brazos y giraba sobre sí misma.
– Sí, sí. por supuesto. Perdona, no quería…
Ella sonrió y, sin más. subió al sillín trasero del tándem. Entonces, percibiendo el suave perfume que emanaba de su cuerpo, el recuerdo de Diana acudió a mi mente. ¡Vaya! – pensé – vas con una mujer en el tándem y no es tu pareja.
– Tengo novia – le dije mientras introducía el pie derecho en el calapié – Salimos con ef tándem casi todos los domingos, ¿sabes? Pero hoy ella se ha quedado en casa estudiando.
– Ella se lo pierde.
– Sí – le dije con tono lastimoso y Iras una breve pausa añadí – ¿Vamos? Ella asintió con la cabeza y nos»pusimos en marcha.
– Y ¿es celosa?
– No tiene motivos.
– Pero te preocupa que te vean con otra mujer en el tándem ¿verdad?
– No, no, que va – repuse girando la cabeza’, mientras me preguntaba cómo podía adivinar lo que estaba pensando.
– Será mejor que mires adelante, no quiero acabar por los suelos.
Tenía razón. Asentí y me concentré en la carretera, ya hablaríamos con más tranquilidad al llegar a Barcelona.
Justo antes de llegar al desvío que lleva a Molins de Reí por Santa Creu d’Olorda, ella empezó a repicar mi espalda.
– ¡Para! ¡Para!
– ¡Pero si tenemos preferencia!
– ¡Para, por favor, para!
Atemorizado, apreté los frenos enérgicamente. Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en mi garganta. En ese momento, un Ford Focus plateado salió del desvío girando en dirección a Barcelona y sin respetar el «ceda el paso». La rueda trasera nizo un extraño, patinamos y nos fuimos al suelo. Yo me golpeé la cabeza y por unos instantes perdí el sentido. Cuando abrí los ojos un grupo de ciclistas de montaña se apelotonaba junto a mi.
– ¿Estas bien? – Dijo el que parecía ser el líder del grupo.
– Sí… – balbuceé
– Suerte que has frenado a tiempo, si no ese bastardo se te lleva por delante.
– ¿Y la mujer?
– ¿Qué mujer?
– La que iba en el tándem conmigo – susurré.
Todos me miraron con cara de sorpresa sin dar crédito a mis palabras.
– Oye, ¿seguro que estás bien? Estás muy pálido.
-Si, sí. Reposaré un rato y luego iré para casa.
No sé las horas que permanecí allí, al borde del camino, totalmente desorientado, pero cuando llegué a casa ya era tarde, muy tarde, casi de noche…
– ¿Se ha divertido el señor? – dijo Diana al oírme entrar en casa – Me has estado haciendo sufrir. He llamado a toda la gente del club por si te habían visto. Fracesca me ha dicho que venias para casa a eso de las once porque llevabas la rueda frenada… ¿Dónde puñeta estabas?
No sabía que decir. Estaba tan confundido y ella tan furiosa. Le mostré el casco chafado en uno de sus laterales y las rozaduras del brazo. Ella comprendió lo sucedido y su tono de voz cambió radicalmente.
– Podías haber llamado, ¿no?
– Sí, claro, pero…
Diana me abrazó entre sollozos. Cuando recuperó la serenidad, me explicó la noticia que había escuchado por radio y la angustia y la desesperación que le habían producido. Se trataba del juicio del conductor que había atropellado mor-talmente a una ciclista, hacía unos meses, cerca de Madrid. Diana no podía dejar de especular si también me habrían atropellado, aunque las llamadas a los hospitales hubiesen resultado infructuosas.
– ¡Sonsoles!…
– ¿Sonsoles? ¿Quién es Sonsoles?
– Ella, la mujer atropellada, ¿se llamaba Sonsoles?
– No sé, no lo han dicho.
Una vez calmado, inventé una excusa más o menos aceptable para justificar mi tardanza y el hecho de no haber avisado a Diana. No podía explicarle, ni a ella ni a nadie, lo sucedido. No me tomarían en serio o pensarían que estoy loco. Pero ni estoy loco, ni creo en los fantasmas. Sonsoles era real. Recogió la llave de radios y por un instante noté su piel y olí su perfume. Y sentí como me golpeaba la espalda mientras me conminaba a frenar el tándem, justo antes del cruce y… Y por eso cada vez que paso por Vallvidrera me paro con cualquier excusa en la plaza. Y, mientras Diana refunfuña, mi mirada busca a aquella mujer joven, esbelta, morena, a quien le debo la vida y cuyo recuerdo permanece, como pocos en mi exigua memoria, imborrable, permanente…
N. A.: Los hechos y los personajes de esta narración son inventados. No obstante, después de escribirla, tuve conocimiento de una noticia real que causó en mí una profunda sorpresa…
EuropaPress. Madrid. Lunes 24 de agosto de 1998. Una ciclista de 32 años de edad falleció el sábado al ser atropellada por un vehículo, cuyo conductor se dio a la fuga. El accidente tuvo lugar en la carretera de Barajas a Paracuellos del Jarama. El individuo fue detenido poco después, tras incendiar su propio vehicu-lo. La mujer iba circulando con su bicicleta por el arcén de la citada carretera, alrededor de las ocho y media de la tarde. Por causas que aún se desconocen, fue arrollada por un turismo cuyo conductor no paró a auxiliar a la víctima. La mujer, a consecuencia del golpe, falleció en el acto. Testigos presenciales avisaron a la Policía Municipal e informaron a los agentes de las características del coche…

Share this post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


X